La edad de oro, por Iñaki Carrasco

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La primera vez que leí algo sobre la Edad de Oro fue a los diecisiete años cuando cayó en mis manos un ejemplar de Austral de “Las Metamorfosis de Ovidio”. En aquel momento aquello me pareció maravilloso. No hace falta decir que, a pesar de mi casi condición imberbe, era plenamente consciente de que aquel relato pertenecía a la órbita de lo mítico y que, por lo tanto, aquella era áurea que describía el poeta sulmontino jamás existió en realidad.

Sin embargo, la división de la época ignota en Edades es algo que repiten hasta la saciedad prácticamente todas las cosmogonías antiguas. En sentido lato podemos decir que las Edades del Hombre es un concepto que sirvió de andamiaje a cualquier construcción mítica del origen de una cultura o civilización en épocas pre modernas.  Probablemente los poetas latinos tomaron este concepto de la tradición griega, a su vez estos de la literatura del Oriente Próximo y estos, a su vez, de la tradición india de las iugás Vedás. Lo que irremisiblemente nos arrastra a la noche de los tiempos donde es prácticamente imposible dilucidar nada.

Pero me interesa menos el origen de esta tradición que trata de explicar el Mundo que su impacto posterior. Porque si el origen es inescrutable, la influencia en cómo, a día de hoy, entendemos nosotros el mundo como representación cultural es indiscutible. Por una parte, porque el influjo de las Edades fue absorbido también por la tradición literaria judeocristiana, y por otra parte, porque la incorporación de la ideación Clásica en el Siglo de Oro y la Ilustración, terminaron de fijar de forma permanente nuestro vínculo con las civilizaciones grecorromanas y su manera de entender el mundo.

Prácticamente todas las génesis míticas sitúan el origen del tiempo en la nada o en el caos, que para el caso es lo mismo. A partir de ahí suele iniciarse en paralelo con la aparición del ser humano una era idílica en la que -como por ejemplo relataban Ovidio y Hesíodo- no solo el hombre vive en armonía con la naturaleza, sino que además no necesita esforzarse para subsistir pues es la propia tierra la que le provee de todo lo necesario. Incluso, apunta Nasón, “el pino, talado en sus altas montañas, aún no había descendido a las líquidas olas para recorrer y explorar el mundo, pues los mortales no conocían más cosas que las suyas”. Es decir, ni siquiera los hombres y las mujeres tenían la necesidad de indagar qué había más allá pues, en definitiva, eran felices solamente con aquello que conocían.

En resumen, casi cualquier explicación sobre el origen de la vida y de las cosas parte del recuerdo de una era mítica de carácter ideal a la que, en la mayor parte de los casos, se insta a regresar. Esto mismo nos sirve tanto para cosmogonías antiguas como, si afinamos un poco el análisis, para religiones activas a día de hoy, y, sobre todo, para cualquiera de las construcciones ideológicas que de un modo u otro han devenido en pensamiento hegemónico en nuestra contemporaneidad. Observemos que toda corriente de pensamiento desde la Grecia clásica hasta el presente -incluidos los ismos que nos gobiernan social y políticamente desde el advenimiento de la Revolución Industrial- han partido de esa premisa. Y que todas sin excepción aspiran a la consecución de un Orden similar al que supuestamente vivió el género humano en una época tan mítica como remota.

Sin embargo, y tratando de escapar de la digresión profunda, este debate macro se puede abordar desde una óptica mucho más micro. Este análisis diacrónico tiene un aspecto mucho más sincrónico de lo que, a priori, pudiera parecer. Del mismo modo que todas aquellas culturas y tradiciones que nos precedieron establecieron un origen mitológico y armonioso del que los hombres y las mujeres -casi siempre por su tozudez y falta de autocontrol- se empeñaron en salir, nosotros, en nuestra cosmogonía cotidiana y particular, tendemos también a explicar el origen de los males del mundo de la misma manera.

Porque, y esto es una obviedad, nuestra manera de explicar y entender el mundo es la manera en que nos lo han explicado. Por este motivo, y gracias a esta ontología burda de lo prácticamente evidente, podemos aventurar que la forma macro en la que nos ha sido explicado el origen y el pasado es, probablemente, la misma forma micro con la que nosotros vamos a realizar la taxonomía de nuestro presente.

Así las cosas, no es extraño que si todas las narrativas que nos han explicado quiénes somos y porqué somos parten de un origen mítico y de una génesis áurea, nosotros repliquemos inequívocamente ese mismo patrón en nuestro presente. La repetición del cliché de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, la fundamentación falaz en que “los jóvenes de antes no hacíamos estas cosas” son el síntoma verbalizado de una idealización del pasado del que, creo, no se nos puede culpar como sociedad. Y sin embargo también creo que, a pesar de que no se nos pueda culpar por ello, deberíamos reflexionar muy profundamente sobre este particular.

Reflexionar supone, al menos en primera derivada, deconstruir cuáles son los moldes y las estructuras que nos han llevado hasta aquí. Y eso, aunque someramente, ya lo hemos hecho. Profundizar en esta realidad supone, como dije antes, acercar el producto de esa deconstrucción a nuestra realidad sincrónica para poder poner a prueba si nuestro modelo de deconstrucción es válido y, sobre todo, si es práctico.

El modelo hegemónico de las creencias -sean estas políticas o de otra índole-, el modelo simbólico de las ideologías y las religiones – los ismos– se han fundamentado hasta la fecha en la proyección del pasado mítico. No voy a juzgar si la raíz o el fruto de todas y cada una de esas estructuras que hemos convenido en denominar ideas o creencias ha sido positivo o no, pero lo que es indiscutible positivamente es que la suma de todas ellas nos ha traído hasta el presente en el que estamos. Y me voy a aventurar a afirmar, por impopular que pueda resultar mi aseveración, que este presente, con sus luces y sus sombras, es francamente mejorable.

Por consiguiente, y siempre que esté de acuerdo conmigo en el análisis de este a día de hoy, ¿no sería quizá oportuno revisar los cimientos de cómo hemos construido nuestras creencias y cómo las proyectamos hacia el futuro?

Soy plenamente consciente de que esta propuesta ni es novedosa ni es original. Es más, sé perfectamente que planteamientos de este tenor han resultado en el pasado la puerta a todo tipo de empresas, la mayoría de ellas poco afortunadas, basadas en el revisionismo de los sustratos ideológicos y en el rebranding de lo más oscuro y casposo de las malas ideas del pasado. Pero por suerte, dejar de mirar al pasado, esta vez de verdad y con convicción, nos puede permitir poner la vista en el futuro y, sobre todo, poner el futuro en manos de aquellos más jóvenes. Aunque solo sea porque ellos y ellas son quienes van a habitar en él.

Vuelvo al concepto que apuntaba Ovidio: los hombres no necesitaban indagar porque no conocían más cosas que las suyas. Ahí radica uno de los puntales más débiles de la cosmogonía mítica. Los hombres y las mujeres, obviamente, necesitamos siempre descubrir qué hay más allá. Es casi una necesidad antropológica. Es, probablemente, una de nuestras características más humanas o más animales. Porque no debemos olvidar que seguimos siendo animales por simple exclusión. Y aquí es a donde quería llegar. Somos el único animal que mira, observa y recuerda su pasado; incluso tenemos la capacidad de transmitirlo. La transmisión del conocimiento es lo que nos ha hecho ser lo que somos y diferenciarnos del resto de animales. Ahora bien, conocer el pasado, conservarlo, diseccionarlo y transmitirlo no es necesariamente deificarlo. Rebusquemos en todo aquello que nos ha legado la historia sabiendo que esto es nuestro valor como especie. Pero establezcamos una Edad de Oro, siempre, unos kilómetros más adelante, en un futuro siempre próximo y, a ser posible, nada mitificado. Creo que nos irá mejor.

Una respuesta a “La edad de oro, por Iñaki Carrasco”

  1. La Edad de Oro es el más maravilloso, persistente e imposible mito que el hombre creó para su propia consolación. El poner en la tierra el paraíso (nirvana donde nadie tiene necesidades y, en consecuencia donde los deseos y las aspiraciones no existen por innecesarios) es la vuelta a una especie de utopia en la que se conjugan una animalidad perfecta (entendida como una adaptabilidad perfecta en un medio perfecto) con una conciencia de sí capaz de captar y disfrutar esa estupenda situación. Lo cual constituye una, tambien perfecta, contradicción.
    Pero podríamos plantearnos por qué se creo el mito. La respuesta es, evidentemente, gratuita e inverificable. Es plausible que, generando un pasado deseable, el ser humano reivindique la posibilidad de restaurarlo en el futuro. O, al, menos, consolarse a sí mismo por un presente siempre imperfecto. Algo asi como el menesteroso que presume de ascendencia noble y rica.
    Y en cuanto al futuro solo un apunte malintencionado: los intentos de generar el paraíso en la tierra, solo ha producido muerte, terror y miseria de muchos y muy provechosas ganancias para pocos.
    Porque la serpiente que se esconderá inevitablemente en todas las Edades de Oro, acechando el momento oportuno, es el deseo. Esa particularísima y espectacular característica donde el animal humano supera de largo al resto de los seres vivos y se convierte en el que anda siempre hacia adelante.
    Donde consigue llegar es otro tema.

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