Lo eterno de la estolidez, por Cecilio de Oriol.

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Suelo seguir con atención la interesante y sólida pagina que Ignacio Echevarría escribe semanalmente en El Cultural. Siempre guarda alguna sorpresa que merece la pena leer.

Esta semana me voy a permitir copiar una parte de lo que dice a propósito de  la espantable consistencia que caracteriza a muchas acciones humanas, quizá las menos racionales y, por ello,  las menos comprensibles.

Echavarría relee las Cartas del viaje a Oriente de Flaubert y entresaca la siguiente cita que les trasmito. Es a propósito de un turista que inmortalizó su nombre, en letras de dos metros, sobre la columna de Pompeyo, en Alejandría.

Y recoge lo que Flaubert le dice a su tío, Paraín, un hermano de su madre.

Copio la primera parte:

“¿Has reflexionado alguna vez usted, mi querido y viejo compañero, en la enorme serenidad de los imbéciles? La idiotez es algo inquebrantable; nada la combate sin quebrarse contra ella. Es dura y resistente, de naturaleza granítica

Tras esta cita (que es más larga y explícita) Echevarría se extiende en consideraciones oportunas sobre los que pintan, graban o simplemente ensucian, cualquier paramento de los lugares históricos que visitan. Pero también habla de su versión más doméstica. Esos ciudadanos dotados de un impulso compulsivo a no dejar un plano limpio allá por donde pasan y que no distinguen entre un vagón de metro, una pared abandonada, un puente en la autopista o los muros de mi casa. Los llamados grafiteros.

Uno, que siempre anda por las nubes, aunque desgraciadamente carece de la titulación necesaria para inspeccionarlas, piensa que la acerada y punzante observación de Flaubert desborda con mucho el tema de los que nunca se han privado ir del Partenón sin dejar constancia de que allí había estado Antonio  el de Cuenca, en tal día y, a veces incluso, en tal hora. Y también reconoce que algunos de los “Antonios” internacionales lo hicieron en fechas tan lejanas, o su nombre tuvo tal relevancia, que casi acabó convirtiéndose en una parte de la de la piedra o del muro donde dejaron la marca de su evidente estulticia. Ítem más, admito sin dudarlo que entre los que pintarrajean hay artistas, y me declaro poseedor orgulloso de un hermoso libro sobre el grafitti, que seleccionó Gilberte Brassaï y publicó Flammarion a principios de los 90.

Pero ojalá la estupidez humana estuviese limitada a la manía de emborronar paredes.  Y hay gente inteligente que ha dedicado su tiempo a estudiar el fenómeno. Desde que Erasmo tituló su devastadora ironía sobre los imbéciles como Elogio de la estupidez, podemos encontrar un ramillete de textos que merecen la pena ser leídos. Algunos recientes, de producción nacional y muy estimables.

Si quieren un ejemplo que no es usual, busquen el libro de Paul Tabori. Les advierto que es un poco caótico y de un autor nada convencional, pero les aseguro que se distraerán un rato.

Lo que no es nada divertido es ver que, en el suelo patrio, para hablar de lo que conocemos, los Thompson del momento (recuerden: el que escribió con letras de dos metros su nombre en la columna de Pompeyo) están entre nosotros: pétreos, inmunes a la critica, instalados en su estupidez inane, y, lo que es mucho peor, muy satisfechos de sí mismos.

Déjenme que parafrasee a Zorrilla y les diga que se encuentran tanto entre “las princesas altivas y las que pescan en ruin barca”, aunque la barca no sea, la mayoría de las veces, ni pequeña ni desastrada.  Y por supuesto, pónganlo, por favor, también en masculino.

Piensen y un hagan una lista. No sirve para nada, pero puede ser útil para darnos cuenta de que hay hacer algo para impedir que los imbéciles sigan pintando, no ya paredes y columnas, sino la vida de los demás.

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