El último tabú, por Iñaki Carrasco

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Probablemente no haya notado mi ausencia. Y sin embargo hace casi un año que no escribía por aquí. Ni escribía por aquí ni en ningún otro sitio. Poniéndome un poco estupendo podría decir que esta corriente subterránea se había secado. Y no sería extraño, pues la sequía, así como otras calamidades bíblicas, son cada vez más noticias de actualidad.

Los motivos que me han llevado a alejarme de estas páginas, si me lo permite, prefiero  dejarlos a un lado. También con su permiso, me gustaría contarle algo que puede servirnos, a usted para entender esos motivos y a mí para, precisamente, dejarlos definitivamente aparte.

Este mes de septiembre hizo diez años del viaje que hice me completamente solo por Suecia. Viajé solo allí. Completamente solo,  como forma peregrina de un viaje de introspección. Suecia no parece el destino más adecuado para un viaje de este tipo. Nepal, Samarcanda, Goa o Kamchatka se alejaban mucho más de mi presupuesto que de mi aeropuerto de origen. Al fin y al cabo, reconozcamos que, quien quiere estar solo puede hacerlo prácticamente desde la puerta de su casa.

En aquellos días se exhibía en el Fotografiska, el museo de fotografía de Estocolmo, una retrospectiva sobre la obra de la fotógrafa estadounidense Sally Mann. A la entrada de una de las salas de la exposición, no recuerdo exactamente las palabras, estaban escritas con grandes letras algunas citas de Mann. Una de ellas rezaba algo así: en una sociedad que ha sobrepasado todos los tabúes, el último que queda por tratar con naturalidad es el hecho de la muerte misma.

Recuerdo que le di muchas vueltas a aquella frase durante los días en que viajaba en metro y en tren sobre los ríos de Estocolmo y entre Upsala, Malmo y Gotland. Volví a España y seguí recapacitando sobre aquello. Escribí bastante sobre ese tema, publiqué algún artículo y se convirtió en tema principal de un libro que saldría a la venta poco después. Y es curioso porque, en realidad y aunque ninguno de nosotros vivimos completamente ajenos al hecho de la muerte, incluso en el improbable caso de que aún no nos haya tocado de cerca, algo tan simple y tan inherente al propio efecto de existir es dejar de hacerlo. Suena barato y manido, pero no por ello deja de ser cierto: si estamos aquí es fundamentalmente porque ha habido muchos otros antes que nosotros que ya no están. Lo cual liga nuestra propia cotidianidad a un hecho tan simple y binario como dejar absolutamente de ser y de estar en la cotidianidad misma.

Escribí bastante sobre la muerte durante aquellos años. No lo he hecho nunca, pero supongo que si contase cuáles son las palabras que más se repiten en cualquiera de mis libros, casi con toda probabilidad, muerte y todo su campo semántico sea una de ellas. Puede resultar frívolo utilizar algo aparentemente tan grave como leit motiv literario. Puede al menos parecerlo. Y casi con toda probabilidad quien tenga interés en el fondo y el porqué de las cosas tienda a tratar de buscar una razón en la experiencia personal del autor que trate de justificar según qué temas y según qué remas. Al menos así nos lo han enseñado determinadas teorías literarias un poco superadas a día de hoy. Porque la historia personal de los autores y autoras, al menos hoy día que tenemos el Mundo al cabo de un clic, no siempre son el catalizador de aquello que contamos o de los temas sobre los que nos interesa hablar.

Así las cosas, incluso aunque usted o cualquier lector creyese que mi razón o la de cualquier otro para escribir sobre la muerte -o cualquier otro tema tabú- es la proximidad personal con ese tema, a mí me sirve. No quiero perderme demasiado y creo que lo estoy haciendo. Pero del mismo modo que un lugar tan próximo y seguro como Estocolmo puede resultar un remoto destino donde encontrarse a uno mismo, la escritura y la creación sobre hechos y sucesos en los que no hemos estado puede servir de lugar de reflexión sobre cualquier asunto trascendente.

Desde entonces hasta ahora, diez años después, he asistido a nacimientos, se han marchado muchas personas, he abandonado casi tantas cosas como las que he perdido, me he despedido de tanto como de aquello que no he podido despedir. Y sin embargo la muerte sigue ahí, siendo una sombra mucho menos atractiva de lo que era diez años atrás. A día de hoy, como un matrimonio mayor, muy mayor y muy vivido, se miran el uno al otro conociéndose bastante pero sintiéndose a la vez más ajenos el uno del otro y pensando que aunque estén seguros ambos de que sus destinos están inevitablemente unidos. Ello como yo no somos capaces de explicarnos por qué y cómo hemos llegado a estar tan juntos y a la vez tan lejos.

Supongo que quizá sea yo. Supongo que, como decían aquellas teorías literarias que desprecio un poco desde la soberbia del que sabe que sabe menos de lo que cuenta que conoce, que los temas que interesan a lo que escribo me hayan alcanzado desde la infección de mi propia historia personal. Quizá porque no pudieron hacerlo desde otro sitio. No lo sé, y quizá eso me libra un poco de la soberbia. Ahora, que cada vez tengo más dudas que certezas, lo poco que tengo claro es que la muerte casi no me interesa. Me da un poco de pudor aquello que escribí hace diez años. Me da un poco de vergüenza escribir sobre esto ahora. Y sin embargo le tengo tan poco miedo ahora a la vergüenza como le tuve en su día a la muerte.

No es tanto dejar de existir, aunque haya quien le tenga miedo a dejar de ser. Es más el dejarlo todo inconcluso, el abandonar a su suerte las obras, las propiedades y a las personas. Por esto último es mucho más común, e incluso muchas veces más sincero, reconocer que no nos preocupa tanto la muerte como el proceso, que no nos da tanto miedo irnos como las deudas que dejemos. Que la muerte sea solo un cambio de estado civil y ya no le tendremos miedo. Supongo que entonces abriremos un nuevo tabú, que en contra de las palabras de Mann, no será el último, y se llamará enfermedad, vejez, soledad, hastío, inmundicia. Volveré aquí a hablar de que, ahora que la muerte ya no es el último tabú que nos queda por superar, la vida se nos está haciendo demasiado larga y dolorosa. Y comenzaré diciendo: probablemente no hayan notado mi ausencia.

 

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