La epistolaridad del futuro, por Iñaki Carrasco

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Cualquier lugar de una casa dice mucho sobre las personas que la habitan. Una cocina diáfana, un cuarto de baño sucio y desordenado, incluso un dormitorio espartano aportan indicios sobre quién o quiénes viven y utilizan esos espacios. Pero de todas las estancias de una casa, yo siempre prefiero fijarme en la biblioteca.

Está claro que no todo el mundo puede tener un cuarto dedicado en exclusiva a contener libros. En muchas ocasiones porque las casas en las que habitamos a día de hoy andan siempre cortas de espacio, y en otras, simplemente, porque sus propietarios no tienen interés en los libros. Porque, claro, una biblioteca no siempre es una habitación. En muchos casos -y también en el mío en particular- la biblioteca es a la vez un lugar y ninguno, pues quienes no tenemos la suerte de poder destinar una pieza completa de la casa a este fin, solemos tener la casa completamente cuajada de libros.

Independientemente de quién posea los libros, hay mil formas de ordenarlos. Incluso la ausencia de un orden concreto o de una sistematización en ese orden ya es un orden en sí mismo. Colocarlos por temas en estantes, por autores, por épocas o por estilos. Colocarlos conforme van entrando en la casa, en la habitación o en todas las habitaciones; en vertical, en horizontal, en varias filas sobre los anaqueles o en montones sobre el suelo y los muebles… Pero, aunque lo pudiera parecer no he venido hoy aquí a hablar de bibliotecas. O quizá sí.

Repasando hace poco los libros de una parte de mi biblioteca reparé en un detalle que me había pasado desapercibido hasta ahora. Muchos de estos libros, al menos muchos de los que más han significado para mí, muchos de aquellos que considero mis favoritos, pertenecen a un género en concreto. Debo reconocer que no soy un gran lector de narrativa. De hecho, nunca lo he sido. Casi siempre, y desde mi adolescencia, me ha interesado más el ensayo y el pensamiento que la narración pura y dura. Y claro, obviamente, también la poesía y los poetas.

Como decía, colocando algunos de mis libros, caí en la cuenta de que muchos de los que más me han influido en ser quien soy y en escribir lo que escribo son diarios y libros de correspondencia. Es curioso como quienes nos interesamos por la literatura y por sus creadores disfrutamos y aprendemos (sobre todo aprendemos) conociendo y analizando las conversaciones reales de otras personas, en el caso de la correspondencia publicada; o ficticias de otros personajes, en el caso de la literatura epistolar.

Desde las epístolas del Nuevo Testamento hasta la correspondencia entre Houellebecq y Henry Lévy, pasando por las Cartas de Lucilio, la correspondencia de Henry David Thoreau, las Cartas Marruecas de Cadalso o las Cartas a un joven poeta de Rilke, la obra epistolar es ingente, omnipresente a través del tiempo y la historia, pero sobre todo, fundamental para entender el pasado, la creación y el pensamiento del que venimos y hacia el que vamos.

La ficción epistolar nos ha dado obras maravillosas y cardinales en la conformación del imaginario colectivo de nuestro tiempo. ¿Podría imaginar cómo seríamos hoy día sin ese puntal de la ficción que fue el Drácula de Bram Stoker? Gran parte del canon estético de la cultura contemporánea está en deuda con obras como la de Stoker u otras que sentaron parte de las bases del marco ideológico y estético en el que vivimos. Aunque a veces nos cueste reconocerlo, no dejamos de ser herederos directos del Romanticismo Europeo. Por cierto, Las penas del joven Werther, obra fundacional del Romanticismo alemán y piedra de toque de lo que entendemos hoy por literatura epistolar. Otra obra epistolar imprescindible.

Podríamos seguir citando ejemplos epistolares, novelas escritas a partir de diarios, incluso diarios auténticos y originales publicados. Podría citar algunas de las obras contemporáneas que más me marcaron del género epistolar, como por ejemplo De A para X, del autor y crítico británico John Berger: si no lo ha leído, por favor, hágalo. Pero más allá de sacar a relucir libros, obras, autores, fechas y corrientes de la teoría y la crítica literaria, en realidad me interesa más otra cosa. No quería hablar aquí de las bibliotecas, de los libros, de las personas que las poseen o que las utilizan. Aunque haya podido parecerlo no me interesa elaborar una lista de libros sobre cartas, de autores que escriban diarios, de autoras que publiquen su propia correspondencia o la de otros. Si he puesto sobre la mesa todos estos elementos es simplemente para hacer aquello que siempre me dijeron que no se debería hacer al escribir un artículo: terminarlo con una pregunta sin respuesta.

¿Quién escribirá la literatura epistolar del futuro cuando hoy día nadie escribe cartas?

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