Lo cotidiano de la literatura y la verdad de las historias inventadas, por Paloma Serrano Molinero

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Carmen Laforet escribió Nada y revolucionó todo. Empezó a escribir sobre la vida, sobre el día a día de las personas. En su columna habitual de la revista Destino, además, quiso escribir sobre temas de mujeres sin que esto significase «hacer un apartado de recetas culinarias, de charlas de puericultura o sobre la mejor manera de fruncir una cortina, cosas todas que deben interesarnos a las mujeres forzosamente…».[1] Escribía con sencillez, sin grandilocuencias, como «charlando un poco con una amiga». Y por todo esto con Laforet (aunque no solo) llegó un cambio a la literatura que hasta entonces se publicaba en España, porque realzó «la realidad cotidiana como materia novelable».[2]

Claro que quien describa la vida, necesariamente va a escribir de grandezas y de miserias. Y una cosa es centrarse en lo bueno de la vida cuando uno tiene una vida buena –en esos casos, entre los que me siento afortunada, digo: los días normales son maravillosos– pero, ¿qué hay de las vidas miserables? También necesitan su espacio en las letras; no todas las historias pueden ser épicas, no todos los protagonistas se embarcan en el llamado viaje del héroe para terminar la novela trasformados, tampoco todos los personajes tienen vidas fascinantes.

Años más tarde de que el mundo descubriese Nada, la autora carioca Clarice Lispector tomó el relevo de esta premisa de cotidianeidad en la literatura llevándola al extremo en su obra La hora de la estrella. En ella trata –no ya lo cotidiano– lo ordinario, lo fútil. Y no es solo que la protagonista de esa historia no sea importante, es que a nadie le importa.

Lispector nos regala el personaje de Macabéa: una mujer anónima, «incompetente para la vida»,[3] –sola, pobre, ignorante, fea, inútil– un personaje que no es nadie, tan prescindible, tan miserable que ni siquiera sospecha lo infeliz que es. El resumen de su existencia cabe en esta frase magistral: «Domingo ela acordava mais cedo  para  ficar  mais  tempo  sem fazer nada» (los domingos se despertaba más temprano para estar más tiempo sin hacer nada).

Solo en las últimas páginas cambia radicalmente la vida y el ánimo de Macabéa. Una adivina le promete un futuro feliz y lujoso que incluye a un hombre extranjero. Al salir de su cita con Madam Carlota, la protagonista por primera vez se siente esperanzada por aquella promesa. Estaba cambiada. Estaba cambiada –y aquí la espléndida pluma de Lispector– «cambiada por palabras; desde Moisés se sabe que la palabra es divina».

Nada más pisar la calle, Macabéa es atropellada por un Mercedes amarillo cuyo conductor se da a la fuga. Mientras caía (Spoiler alert!), antes de que su cabeza se golpease mortalmente con el borde de la acera, Maca puede vislumbrar en el lujoso automóvil que huye que su nueva vida prometida por la madam empezaba a hacerse realidad. Inerme en la calzada, «tal vez descansando de las emociones», ve unos parches de césped verde por la boca de la alcantarilla, un verde de la más tierna esperanza y piensa: «Hoy es el primer día de mi vida: nací». Y allí tendida sufre como una gallina con el cuello mal cortado, sin poder moverse, sin poder decir nada. Para más inri, comienza a lloviznar. La ropa mojada se le pega al cuerpo y a la muerte se le suma la incomodidad de estar mojada. Poco a poco la gente se arremolina a su alrededor y la miran sin hacer nada por ella. Nunca nadie había hecho nada por ella pero, al menos ahora, la miraban. Y eso «le daba una existencia». El narrador se pregunta entonces si habrá llegado para Macabéa su hora de estrella de cine. Porque allí tumbada, por fin vista, por fin el centro de algo en su vida, Maca siente una «felicidad suprema, pues había nacido para el abrazo de la muerte».

Esta historia, que es la historia de nadie –una nadie que no hace nada y por quien nadie hace nada tampoco– es una gran historia. Porque hay muchos nadies en el mundo y solo la literatura los convierte en alguien. Aunque sea solo un instante, en el momento de su muerte. Las letras, así, infunden sentido en las vidas huecas; soplan aire en sus pulmones, hinchan esas vidas y esos cuerpos para que respiren. ¿Y qué es la vida sino el día a día? La cotidianeidad.

No es por desmerecer las grandes aventuras, los viajes trascendentales o las batallas memorables de los libros de tapa dura. Pero hay más plumas que comprendieron esto hace tiempo. Las jóvenes Anne Sexton y Sylvia Plath escribían versos de su día a día a la sombra de los hombres poetas de su alrededor que se elevaban con cantos mucho más profundos y, por supuesto, más valorados. A Sexton y Plath les recriminaban esto, precisamente. «Les molesta que hablemos y escribamos de la vida ordinaria, ¿pero dónde, si no, está la poesía?».[4]

La propia vida produce la literatura. Nuestras mentes se hacen preguntas que requieren respuestas y éstas se buscan –aunque no siempre se encuentran– en la escritura. «Mientras tenga preguntas y no haya respuestas, seguiré escribiendo» asegura Rodrigo S.M., el narrador de La hora de la estrella. La vida misma, nuestra curiosidad –pero también nuestro aburrimiento–  produce la literatura convirtiendo lo cotidiano en extraordinario.

Así que héroes, nadies y alguienes: toda historia merece ser contada. Por normal que sea. O quizá por ello, precisamente. Y creída. Porque la ficción es fiable cuando reconocemos en ella la realidad. Como escribió Clarice Lispector –quizá en la hora de su estrella– «é claro que a história é verdadeira embora inventada» (está claro que la historia es verdadera, aunque sea inventada).

[1] La fiesta de la moda, Puntos de vista de una mujer. Revista Destino.

[2] Ana Cabello y Blanca Ripoll, Puntos de vista de una mujer. Destino, 2021.

[3] A hora da estrela, Clarice Lispector. José Olympo Editora, 1977.

[4] Paloma Serrano Molinero, Poesía también eres tú. HDV, 2021.

3 Respuestas a “Lo cotidiano de la literatura y la verdad de las historias inventadas, por Paloma Serrano Molinero”

  1. Me ha encantado Paloma y da mucho para pensar en la importancia de la literatura y su capacidad para transformar lo cotidiano en algo trascendente.

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