La simplicidad como atajo a ninguna parte, por Iñaki Carrasco

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Si yo le preguntara cuál es la fórmula de la teoría de la relatividad, casi con toda seguridad usted respondería que E=mc2. Si le requiriese que mencionase las características principales que definen el Arte Barroco, probablemente mencionaría la exuberancia de las formas, la oscuridad y el volumen. Y si le interrogase sobre los principios fundamentales de la Escuela Presocrática me hablaría de la aplicación de la razón en la búsqueda de la verdad y de la concepción de hombre y naturaleza como un todo. Y precisamente todas esas respuestas serían, al menos de forma general, acertadas.

Sin embargo convendrá conmigo en que todas y cada una de esas respuestas no dejan de ser generalizaciones. Todas esas respuestas, así como cualquier otra de naturaleza afín, son útiles como forma de resumir un concepto, facilitan la comunicación sobre un hecho concreto y permiten una pedagogía más sencilla de paradigmas infinitamente más complejos. Ahora bien, no es el tipo de respuestas que aceptaríamos en un estudio académico, un artículo científico o un debate profundo sobre un tema específico. Es decir, no las consideraríamos apropiadas o adecuadas en cualquier ámbito que no fuera el de la divulgación o, por ejemplo, el de la enseñanza secundaria.

Quizá este extremo, el de que consideremos algunos conceptos generalizados como “conocimiento escolar”, requiera cierto grado de revisión, pues gran parte de nuestro acervo está construido precisamente sobre un tipo de saber fundamentado en una pedagogía de la generalización. Resultaría harto complicado obtener una competencia intelectual que se basase en un desarrollo excelso de todas las materias que conforman el currículo académico corriente. No digo que no sea deseable, incluso que no se deba aspirar a ello, pero ni el escenario educativo actual ni las capacidades humanas actuales indican que sea una meta accesible, al menos, a corto plazo.

Una vez establecida la tesis de partida en la que asumimos que la reducción de conceptos o la simplificación de los hechos no es per se nociva, me gustaría incidir en otro aspecto mucho menos edificante y menos conveniente del reduccionismo. Aquella faceta del mismo que, tristemente, es la que más abunda en nuestros días. Aquello que campa a sus anchas, no por los libros escolares (aunque a veces sí lo hace), sino por aquellos otros libros que dictan la ideología, el sentido y la dirección en que una sociedad se orienta. Esta faceta perniciosa del reduccionismo es aquella que deriva en la manipulación, la tergiversación y, en las más de las veces, directamente en la falacia malintencionada. Estos libros de los que hablo, no son ya los libros de antaño, son los medios de comunicación y su sublimación como medio de trasmisión cultural contemporánea: las redes sociales.

Insisto en que esa triada formada por reducción, difusión y redes sociales, no es en sí misma dañina. Todo lo contrario. Es un fenómeno de la comunicación inherente a la sociedad actual a la que ni podemos ni debemos escapar. Pero del mismo modo que la azada o el cuchillo son herramientas útiles para la pervivencia del ser humano, también pueden ser utilizadas para hacer daño y provocar la muerte.

Por una parte vivimos en un mundo en el que la comunicación se ha polarizado en el sentido que ha ido marcando la publicidad. Los mensajes deben permitir un consumo inmediato, pues son tantos y tan  frecuentes que nadie quiere que su verdad se pierda dentro del flujo permanente de estímulos. Por otro lado, los receptores hemos aceptado esas dinámicas en las que estamos alegremente abiertos a cualquier mensaje breve y fácil de comprender, y no tenemos ni el tiempo ni las ganas de detenernos dos minutos ante una información, si es que esta lo requiriese.

Da igual el origen de la información. Publicistas, periodistas, comunicadores políticos, todos ellos, como polos de emisión, han integrado que su audiencia es tan estúpida que no va a entender un mensaje complejo. Esa es la interpretación más benévola de este hecho. Porque por otra parte, podríamos inferir que quizá, quienes emiten la información lo hacen con el interés espurio de lograr colocar su mensaje entre un receptorado acrítico y permeable a casi cualquier cosa.

Llegados a este punto, y en consonancia con lo que trato de exponer, debo advertir que el problema tiene  un cariz complejo. Abordar este asunto desde la extensión de este blog implica que yo también recurra a cierto grado de reduccionismo. Sin embargo, le aseguro, que lo hago desde el firme convencimiento de que usted -si es que le ha interesado este tema- sí va a tomarse el tiempo necesario para profundizar en otras fuentes más extensas sobre el asunto que aquí expongo.

Tristemente, la confianza en las capacidades y en la inteligencia de los receptores, es un bien escaso dentro de todo el paradigma comunicativo. Y me refiero al paradigma en toda su extensión: desde la comunicación pedagógica, hasta la política, pasando incluso por la propia creación literaria. Una de las claves del éxito de casi cualquier creación ficcional, desde las novelas hasta el cine o las series de televisión, radica en la brevedad. O al menos en la reducción de los arcos argumentales. Un telediario, una novela de éxito comercial, un debate político televisado, parten de la premisa de que cualquiera que sea su duración total, debe estar compuesto por arcos breves, por capítulos de duración limitada, como condición previa y sine qua non para que tenga una buena recepción por parte de la audiencia.

Retomando algo que mencioné un poco más arriba, la cristalización de todo este movimiento de causa y efecto en favor de la ausencia del sentido crítico, de la profundización en la información, de la deglución instantánea de la información, casi como si de fast food se tratase, se encuentra el corolario de la comunicación política. Gabinetes de comunicación, asesores y asesoras políticos, agencias de prensa han asumido desde hace décadas aquel viejo postulado del periodismo amarillo: que la verdad no te estropee un buen titular.

Los modelos de comunicación política que han anidado en España, y en los países de nuestro ámbito en los últimos años, han tomado el relevo de los modos que se implantaron en la política publicitaria estadounidense desde la década de 1960. La transmisión de una imagen de candidato, de un perfil afianzado sobre unos valores identificativos, es mucho más productiva que la elaboración de un programa político e, incluso, que la consecución del mismo. La construcción de una imagen objetual a la que adherirse de manera acrítica, la colocación de un mensaje que “cierre filas” y, en definitiva, la consecución de un objetivo que pretende el éxito comercial equiparado al éxito electoral, han devenido en un reduccionismo de la realidad como único mensaje político. Actualización: en realidad el reduccionismo de la verdad ha transformado la realidad en una mentira, o en lo que los modernos denominan eufemísticamente posverdad.

En conclusión, la creciente tecnificación de las comunicaciones, los ritmos de trabajo y el contrapeso entre ocio y deber que marca la sociedad industrial contemporánea, han convertido el fenómeno comunicativo en la mínima expresión posible. Más pronto que tarde asistiremos al ocaso de la comunicación, de la creación literaria, de la oratoria como base de la Comunicación Pública. Más pronto que tarde nos daremos cuenta de que todo eso, todo efecto comunicativo complejo ha sido sustituido por las líneas de texto que acompañan a una imagen, por un pie de foto. En definitiva, asistiremos a la memeificación de todo aquello que era considerado cultura, comunicación y literatura.

Y ahora solo espero que entienda que el párrafo anterior lo he escrito como ejemplo de reduccionismo catastrofista y malintencionado. Ruego me disculpe, pero a veces la mejor forma de confrontar con problemas complejos como estos es desde el sentido del humor.

Evidentemente la memeificación, la hipocomunicación, son frentes que se nos han abierto muy recientemente. Sin embargo, no podemos olvidar que quizá no sean más que síntomas de que el hecho comunicativo sigue siendo un sistema en constante desarrollo. Y que como tal debe mutar para adaptarse, o de lo contrario se atrofiará y desaparecerá. Y no creo que haya recambio.

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